A la travesura que no existe en el olvido y posa su sonrisa a la orilla de un añejo café…
A quienes no renuncian a imaginar el nuevo horizonte de aquella familia que tiene que existir en la dignidad humana…
A quienes no desmayan y tienen el coraje de luchar por esos principios que nos hacen más humanos…
A quienes tienen en sus manos la verdad sobre la felicidad del universo, los niños…
Al labriego que en la distancia del páramo, calca el llanto de un niño y lo convierte en el trigal del hombre nuevo...
Abel Niquinga Ruiz
19 abril 2011 6H37